Ramira lo miró.
Durante años, había soñado con odiarlo.
Y una parte de ella todavía lo odiaba.
Porque no le bastaba con haber corregido finalmente su error. Además, había formado parte de la máquina que casi la había matado.
Méndez apenas bajó la cabeza.
— No espero tu perdón. Solo quería decirte que debí haber dudado antes.
Ramira sostuvo su mirada.
– Sí.
No fue cruel.
Esa era la verdad.
Asintió con la cabeza, como si estuviera recibiendo una sentencia justa.
– Lo sé.
Luego sacó una pequeña bolsa de papel. Dentro había algo envuelto en tela.
— Formaba parte de sus pertenencias confiscadas. No figuraba en el inventario final porque alguien la había extraviado. La encontré anoche.
Ramira abrió el paquete lentamente.
Era una pulsera infantil, hecha de hilos de colores y cuentas retorcidas.
La reconoció al instante.
Salomé lo había hecho a los cinco años, dos semanas antes de su arresto.
“Para que no te olvides de mí cuando vayas al mercado”, le había dicho ella.
Ramira apretó la pulsera contra su pecho.
Por primera vez, el coronel Méndez no vio en sus ojos ni furia, ni dolor, ni agotamiento.
Allí vio algo más peligroso y más valioso.
La vida volvía a la normalidad.
Meses después, Becerra fue declarado culpable.
Clara también.
La fiscalía emitió una disculpa pública.
Los periódicos la apodaron “la chica inocente del pasillo”.
Las cámaras buscaban lágrimas, declaraciones heroicas y frases impactantes para cerrar el caso.
Ramira no les ofreció nada de eso.
No estaba obligado a convertir su destrucción en una lección moral.
Encontró trabajo en una panadería.
Comenzó la terapia con Salomé.
Reaprendió los horarios escolares, las preferencias alimentarias, el miedo a la oscuridad que la niña había desarrollado y la forma precisa en que ahora arrugaba la nariz cuando se sentía incómoda.
Hubo días felices.
Hubo días insoportables.
Había días en que Salomé no se separaba de ella, ni siquiera para ir al baño.
Y otras veces se encerraba en su habitación a llorar, porque no sabía si podría seguir llamando a su madre sin que se la volvieran a llevar.
Ramira también pasaba noches temblando.