Meses de espera e incertidumbre
Los días se convirtieron en semanas, y luego en meses.
Puse carteles por todo el barrio. Publiqué mensajes en las redes sociales locales.
Se inició la búsqueda, pero poco a poco la atención se fue desvaneciendo.
Algunos empezaron a pensar que Lucas simplemente se había marchado.
Me negué a creerlo.
Yo conocía a mi hijo: cariñoso, sensible, incapaz de desaparecer sin previo aviso.
Sin embargo, los meses siguieron pasando sin la más mínima señal.
Hasta este día inesperado.
Una chaqueta que solo podía pertenecerle a él.
Casi un año después de la desaparición de Lucas, me encontraba en otra ciudad por motivos de trabajo.
Después de una reunión, me detuve en un pequeño café.
Mientras esperaba mi pedido, la puerta se abrió detrás de mí.
Entró un hombre mayor.
A primera vista, nada sorprendente.
Pero un segundo después, se me paró el corazón: el hombre llevaba puesta la chaqueta de Lucas.
No es una chaqueta similar.
Suyo.
Reconocí el parche con forma de guitarra que yo misma había cosido para reparar una manga rota, así como una pequeña mancha de pintura en la parte de atrás.
No puedo equivocarme.
Le pagué el té y el pastel al hombre para poder hablar con él.
Cuando le pregunté de dónde era la chaqueta, simplemente respondió:
“Me lo dio un niño.”